• Jorge Núñez

Natalia Toledo publica su libro de poemas El dorso del cangrejo


El caminar del cangrejo, que no es en línea recta, crea su metáfora

De la tradición ancestral a los sueños, Natalia Toledo traza su

cosmovisión lírica

La poeta y narrada juchiteca publica su libro de poemas El

dorso del cangrejo en el que entona un canto de añoranza

por su vida que queda en el pasado, con sus orígenes, sus

aromas y los juegos

Que lo temporal se una a la duración, que dos estéticas encuentren

una ruta y las tradiciones no se descarten, esto se congrega

poéticamente en el libro de Natalia Toledo, Deche bitoope/ El dorso

del cangrejo, edición bilingüe del sello Almadía.

Antes de que la fuente de la lengua se llene de hojas secas,

seguir haciendo que se escuche el zapoteco en todo lo que entraña,

es lo que página a página escuchamos desprenderse de un hablar

desconocido frente al idioma familiar. Sonidos que ilusionan al lector

que a pesar de desconocer su pronunciación siente que llega a un

continente poético con su propio canto de sirenas.

En la paradoja que enuncia el título de la primera parte del

poemario, “El matriarcado según San Vicente”, aparece la

confrontación de los mundos: lo femenino delimitado desde lo

masculino, atajada por la postura crítica de la poeta, que en rebeldía,

ha brincado “el anillo de fuego” de la tradición.

En “La dote” el pueblo se regocija, salen los hombres a entregar

los animales a la casa de la novia, “mientras caminan con la música,

una flor marchita, espera en casa ajena/ para poder llorar su virginidad

sobre un pañuelo blanco…/ Sus padres saltan de alegría, porque hoy

en su corral los animales se han multiplicado”. El honor virginal ha de

anestesiar el dolor conforme los sueños y los juegos con muñecas se

pierdan para siempre, esa será la Tumba primera, que se adorna con

tulipanes rojos.

El orden, sus medidas, el designio ancestral, se mueven en los

poemas de Natalia Toledo como el cangrejo, nunca en línea recta, su

avanzar es un zigzagueo, así se estructura su cosmovisión lírica. El

eco de su pasado es un aroma que se entrevera en la palabra, es la

partícula de la que está hecha la memoria y la añoranza: Miro el arco

de cempasúchil que atraviesa el cielo de mi huipil. El verso se vuelve

una esfera que contiene su universo, el tejido convierte el color

explosivo en significados, en sentidos místicos y sagrados, que

integran la tradición, pero la poeta agrega “tengo una barca en mis

ojos”, esa embarcación que la aleja, ancla y agua, quedarse y

navegar, una permanencia imposible una vuelta ansiada que tiene

enfrente un puente quebrado.

La presencia constante en El dorso del cangrejo es el largo dolor

de lo inalcanzable que está rozando las puntas de los dedos, El aroma

del viento dulce cesó en mi casa/ sólo queda un horno de barro lleno

de lama,/ su fuego ya no muerde/ la boca del olvido está oxidada./

sobre una piedra me sentaré a extrañar/ todo lo que aquí no pude

querer.

Retornar es volver a la mesa sin migajas, con cuánta dulzura se

ha acunado la promesa del regreso, pero acaso volver es imposible.

Poesía de lluvia y de estrellas, de temblor de ombligo de la luna,

de polvo y grieta. La dureza del caparazón del cangrejo protege la

delicadeza del interior. La poeta ilumina la zona del amor y su tristeza,

la separación que es el cesar de la música, el apagarse de estrellas, a

pesar de que “metí la cabeza en el tenate para que no me olvidaran”.

Como palabra-poder, define el zapoteco a la poesía, poder que

rescata nombrando, de ahí la importancia de seguir la sabiduría de

aquella vieja que le cantaba de niña “ponle nombre a tu tristeza/ para

conocer el rostro de lo que añoras/ para hablar de melancolía”.

Suspiro cósmico que cabe en las volteretas de una enagua,

entronque de los sueños, de lo místico y de la identidad. Una mirada

femenina que se arranca y hace las paces con su cultura que vibra en

el largo poema que da título al libro. Hay que buscarla en el conjuro

“sé cómo quitar la tristeza/ la obsesión, sé quitar el miedo”, en el

recuento “mi éxodo empezó a los ocho años/ donde yo vivía no era

yermo/ había comunidad, cohetes y su estremecimiento/ había libertad

que no es más que creer en los otros” y que es “el clic de un ojo que

se abre para arrancar un trozo de algo”.

Natalia Toledo nació en Juchitán, Oaxaca en 1967. Escribe en

zapoteco y en español. Es egresada de la Escuela de la Sociedad

General de Escritores Mexicanos y fue becaria del Fondo Estatal para

la Cultura y las Artes (1994-1995 y 2001-2002) y del Fondo Estatal

para la Cultura y las Artes de Oaxaca (1995-1996). Ha publicado, en

ediciones bilingües zapoteco-español, y con ilustraciones de Francisco

Toledo, los cuentos El niño que no tuvo cama (Ba’du’ qui ñapa luuna’),

2013, El conejo y el coyote (Dxiida’ xti’ lexu ne geu’ 2008, traducido al

inglés y al maya) y La muerte pies ligeros (Guendaguti ñee sisi, 2005,

traducido al mixteco, al chinanteco y al mixe). Asimismo es autora de

los poemarios Olivo negro, (2005), que obtuvo el Premio

Nezahualcóyotl de Literatura en Lenguas Indígenas 2004 y que se

tradujo al inglés con el título The black flower & Other Zapotec Poems;

Flor de pantano. Antología personal (2004), Mujeres de sol, mujeres

de oro (2002) traducido al francés bajo el título Femmes d´Or y

Paraíso y fisuras (1992). Desde 2008 es miembro del Sistema

Nacional de Creadores de Arte del Fondo Nacional para la Cultura y

las Artes.

Natalia Toledo, Deche bitoope/ El dorso del cangrejo. Almadía.

Ilustraciones: Dr. Lakra. México, 2016. pp.117.


0 vistas
  • Twitter Classic
  • Facebook Classic