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ME QUIERO INDEPENDIZAR Tamar Cohen


De la ganadora del Premio Gran Angular 2015 por El año terrible.

Personajes entrañables, auténticos, llenos de energía y humor. Los pros y contras de salirte de tu casa.

Octavio Caudillo, mejor conocido por los amantes del rocanrol como Tavo, no se entiende con su papá, que nada que ver con él en gustos y siempre trae una nube negra encima, ni con su mamá yogui, que se la pasa en la nube del optimismo. Un buen día pone por escrito su lista de motivos para emanciparse y hacer exactamente lo que le plazca, como oír su música a todo volumen y comer en la cama cuanto pan con mantequilla se le antoje, tirando migajas, sin que las obsesiones de limpieza y alimentación orgánica de su casa se interpongan en su camino a la libertad. Su mejor amigo, el Tuerzo, es súper jalador y juntos viven divertidas peripecias para conseguirse un trabajo y pagar la renta de su primer departamento, lo cual no es cosa fácil, pues se topan con obstáculos como el mastodonte de su hermano Daniel, las trastadas de su archienemigo Antonio, las costumbres exóticas de su maestra de Español y la extraña enfermedad de un tío que podría darle una herencia no prometida para convertir su sueño en realidad. En esa faena aprenderá inesperadas lecciones de vida junto a su banda favorita y una pandilla de pintorescos personajes.

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Tamar Cohen nació en la Ciudad de México en agosto de 1972. Estudió la licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana y la maestría en Apreciación y Creación Literaria en Casa Lamm. En 2015 ganó el premio Gran Angular México por la novela juvenil El año terrible. Ha publicado varios libros para niños: Orfanato Lachina, Papás bajo la lupa y Cinco modos para deshacerme de mi hermanito. Es adicta a las series de televisión y al descubrimiento semanal de Spotify. Odia los domingos en la noche y ama el humor negro.

ME QUIERO INDEPENDIZAR

Tamar Cohen

0

Fragmento

1

Me encanta el pan con mantequilla. Por eso cuando mamá, con esos típicos ojos de bulldog inglés, me dijo por quinta vez que dejara de comer pan porque no tendría lugar en mi estómago para la milanesa, sentí que había llegado el momento. Atiborré mi boca de pan, me puse de pie y declaré:

—Me quiero independizar.

Retrocedamos un minuto. Me llamo Octavio, me dicen Tavo y tengo el pelo chino y esponjado como el Uyuyuy, guitarrista de Botellita de Jerez, la mejor banda de rocanrol que ha existido en México. De más chico tenía el pelo corto en forma de casco. Odiaba ese peinado. Me hacía sentir bobo como un hámster de esos que no saben hacer nada más que dar vueltas en una mini rueda de la fortuna. En sexto de primaria me lo dejé crecer, el color negro lo hizo verse más mugriento, como una cascada de lodo. Me dio personalidad. Ahora sólo me falta un par de tatuajes en los brazos y unas pulseras de cuero con picos para sentirme un roquero nato.

Volviendo al pan con mantequilla, esa es la razón por la que odio los restaurantes japoneses, en lugar de canasta de pan te ponen un platito con soya, una cosa rosa que sabe a jabón y otra verde que parece aguacate pero que pica más que un chile habanero. Una vez mi hermano Daniel me retó a probarlo, dijo que si me atrevía, me daría su colección de llaveros. Lo probé y sentí como si una plancha encendida me quemara la nariz. Me paré de volada al baño, tropecé con un mesero y nos caímos los dos junto con una charola llena de sushi. Mi playera del Uyuyuy con la lengua de fuera aún apesta a pescado crudo. Daniel se botó de la risa. Mamá tenía las mejillas tan rojas que parecían cáscara de manzana. De vuelta a casa recibí mi castigo. Daniel se hizo el inocente y me regaló sólo tres llaveros de su colección. Dos de Acapulco en forma de palmera y uno del subcomandante Marcos. No le reclamé por la misma razón de siempre: Daniel mide 1.90.

Eso de recibir castigos es común en la casa. Tenemos muchas reglas pero un solo castigo: meditar doce minutos sobre lo sucedido. Ya sé que no suena muy trágico pero es vergonzoso. O sea, mamá pone el banco de los acusados en la esquina de su cuarto y ahí te sientas por una eternidad. Un minuto por cada año. Espero que cuando tenga sesenta no quiera seguirme castigando porque me doy un tiro. Además, me desespera recibir siempre el mismo castigo, ¿no podrían poner a trabajar sus neuronas? Si tiro una cáscara de plátano en el bote de la basura inorgánica, doce minutos de meditación. Si se me olvida alimentar a Carmen, la rana enana africana que vive en la pecera del comedor, al banco de acusados. Si toco la guitarra en la noche y el señor Fernández se queja del ruido, meditación. Pero si no practico guitarra y mi maestro me acusa de que ando de flojo, banco de acusados.

A veces quisiera unos papás más creativos. Existen millones de castigos en el mundo. Podrían ponerme a lamer el piso de la cocina, a desenterrar lombrices del jardín, a lavar escusados sin guantes, a caminar sobre una cama de clavos. Pero no, les falta imaginación.

La idea de independizarme empezó a rondar en mi cabeza como un zopilote en busca de sangre seca y podrida. La saqué de un capítulo de los Simpson en que Bart se enoja con Homero y se va a vivir a un desván debajo de la casa de Tony Hawk, uno de los grandes skaters del mundo.

La historia me dejó atontado por el resto de la noche. No cené, a pesar de que mamá cocinó mi favorito: molletes a los tres quesos.

Ya en la cama, encendí la lámpara de noche y me senté a reflexionar sobre lo que significaba independizarse. Obvio ya había oído hablar de eso en la clase de Historia, cuando estudiamos la Independencia de México. Nos libramos de España gracias a que Miguel Hidalgo y compañía lucharon por conseguir la libertad. Bart quería lo mismo, dejar de vivir bajo las órdenes de una autoridad, o sea Homero, y ser libre. Yo, al igual que Miguel Hidalgo y Bart, deseaba independizarme de mis papás para tomar mis propias decisiones, entre ellas atascarme de pan con mantequilla cuando se me diera la gana.

El plan no sonaba descabellado. De hecho tenía más sentido que cuando me dio por estudiar el comportamiento de los leones para trabajar de domador en un circo. O cuando decidí que quería ser guitarrista profesional y tendría que dejar la primaria para irme de gira con Molotov, otra banda buenísima de rock.

Esto era diferente, se trataba de una decisión madura que había que tomar con seriedad. Por eso no abrí la boca hasta que gran parte de la estrategia ya se encontraba en camino. El único que se enteró desde el principio fue el Tuerzo, mi mejor y único amigo.

—Te apoyo al cien por ciento —me dijo con la mano extendida sobre el corazón.

—Esto no debe salir de aquí —le advertí sin parpadear.

—¿A quién quieres que le cuente si nadie en la escuela nos habla?

En eso tenía razón. Desde que los dos nos dejamos el pelo largo, el resto de la generación nos hizo la ley del hielo.

Fueron muy claros. El futbol y su amistad o el rock sin su amistad. Obvio escogimos el rock. El Uyuyuy hubiera hecho lo mismo.

—¿Cómo pueden comparar una batería con un balón? —les preguntó el Tuerzo. Su pelo negro es tan lacio que parece que una aplanadora le pasó encima.

Todos se miraron como si los que estuviéramos perdidos en una isla desierta fuéramos nosotros y no ellos.

—Tienen el cerebro del tamaño de una uva —dijo Antonio, el capitán del equipo de fut.

—Ustedes ni cerebro tienen —le contesté.

Antes de irse a la cancha, Antonio me empujó y caí sobre uno de los arbustos, era un rosal con espinas. Terminé con rasguños en los brazos y las pantorrillas.

—¡Ratas apestosas! —les gritó el Tuerzo mientras me ayudaba a levantarme.

Desde ese día no les hemos vuelto a dirigir la palabra. Ni ellos a nosotros.

Tener un solo amigo era una ventaja para mantener mi plan oculto. Sabía que podía confiar en él y que jamás me traicionaría.

—Busqué ayuda en internet —le dije mientras mordía la tapa de una botella de agua. Es mi nueva manía. Morder cosas. Mamá se vuelve loca cuando lo hago, dice que me estoy echando a perder los dientes, que el ruido la saca de sus casillas y que es anormal que no pueda estar quieto por cinco segundos. Obvio cada que me reclama es peor porque me dan más ganas de hacerlo. No lo puedo evitar. Llevarle la contraria a tu mamá es algo típico de los niños. Mamá dice que ella también fue niña, así que no entiendo por qué no se da cuenta de que debería quedarse callada. Tal vez de esa manera logre estar quieto por diez segundos o hasta más tiempo.

—¿Y qué encontraste? —preguntó el Tuerzo. Su verdadero nombre es Pablo, pero desde que nos hicimos fans de Botellita de Jerez, decidió llamarse el Tuerzo en honor al baterista del grupo, Francisco Barrios, alias el Mastuerzo.

—Una página para crear el plan paso por paso —hablé con voz pausada, para meterle misterio al asunto. Sus ojos, verdes como la crema de chícharo, me veían como si yo fuera el guitarrista del siglo—. Haz de cuenta que somos arquitectos: antes de construir un edificio, hacemos una maqueta para presentarla a los inversionistas.

—¿Y quién le va a invertir a tu plan? —fingió sonreír y se le alcanzaron a ver dos hoyuelos.

—Nadie, era sólo un ejemplo, no te me desconectes.

—Traigo las antenas bien paradas, sigue.

—El primer paso es hacer una balanza, escribir las razones por las que me quiero ir de la casa y las razones por las que me quedaría, pesamos cada lado como si fueran limones, y el que tenga más kilos gana.

—¿Y si gana la de quedarte?

—No ganará.

—Si estás tan seguro, ¿por qué no nos saltamos el primer paso?

La pregunta me dejó pensativo. Pero sólo por pocos segundos.

—Si queremos que el plan sea tomado en serio debemos seguir todos los pasos.

Mi respuesta nos convenció a los dos.

La alarma del recreo sonó. Los dos caminamos de vuelta al salón de clases. En el pasillo recibí un par de golpes en la cabeza y una patada en la rodilla. No dije nada por la misma razón de siempre: no peleo con niños sin cerebro.

2

En clase de Artes nos dejaron de trabajo final para el bimestre hacer una presentación sobre un artista. La mayoría del salón escogió a pintores o escritores clásicos para hacerle la barba a la maestra, que se la pasa hablando de Shakespeare y Rembrandt.

Antonio, junto con su grupito de niños nohablamosmásquedefut, escogió a un escritor ruso de nombre impronunciable. Los burros no sabían más que la primera sílaba. Obvio yo tampoco lo sé completo, pero por eso no lo escojo.

Lo que más me reventó es que la maestra les cerró el ojo como diciendo: pueden entregar una porquería, ya tienen diez sólo por haber pensado en él.

Además, mandó traer el libro de la biblioteca, era un ladrillo con casi mil páginas de puras letras y letras. No entiendo cómo le pueden llamar arte a eso. De sólo verlo, me dieron ganas de echarme a dormir como el perezos ...


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