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Cien años de soledad, un navío eterno por el que García Márquez permanece siempre vivo

April 14, 2016

El 17 de abril, segundo aniversario luctuoso del escritor colombiano-

mexicano

Cien años de soledad, un navío eterno por el que García Márquez 

permanece siempre vivo

 El Nobel de Literatura predijo la omnipresencia de la cultura 

latinoamericana en todo el orbe

 

El Premio Nobel de Literatura colombiano, Gabriel García Márquez 

(Aracataca, Colombia 6 de marzo de 1927-Ciudad de México, 17 de 

abril de 2014), fue una de las principales voces que predijeron la 

omnipresencia de la cultura latinoamericana en todo el orbe, aspecto 

que quedó reflejado en una obra latente, colmada de pasión, de 

arquetipos y rostros tan familiares para nuestra identidad que 

pareciera que existiera un Buendía en cada familia de la región 

latinoamericana.

 

“El espíritu joven de América Latina late en mi alma como el 

corazón de un cancerbero”, afirmaría en una ocasión el escritor que se 

fundió con mil rostros en cada uno de sus libros “puentes para 

comprender a la tierra, las raíces y a mí mismo”, confesaría alguna vez 

a sus amigos del grupo de Barranquilla, con quienes inició sus 

primeros pasos en las letras y el periodismo con la revista Mito.

 

Es difícil imaginar que años después, cuando a mediados de 

1966 García Márquez finalizó Cien años de soledad, tuvo que 

formarse con su mujer por varias horas en el Monte de Piedad del 

Centro Histórico de la Ciudad de México para empeñar el secador, la 

batidora y el calentador, y pagar la correspondencia del manuscrito a 

la  casa de publicaciones de origen argentino Sudamericana.

 

En esa ocasión, su esposa, Mercedes Barcha, mejor conocida 

como La Gaba, le comentó: “Oye, Gabo, ahora lo único que falta es 

que esta novela sea mala”.

En pocos días los directivos de la editorial le respondieron con 

un contrato y una suma de adelanto sin precedentes en América 

Latina, 500 mil dólares. Con aquel dinero terminarían finalmente sus 

penurias económicas. En México, Cien años de soledad no sólo fue 

recibida con entusiasmo por Carlos Fuentes y otros amigos del Gabo, 

sino por los mismos lectores cuando vio la luz un 30 de mayo de 1967. 

A los 15 días se preparó una segunda edición de 10 mil 

ejemplares y en toda América Latina había una gran demanda. En 

México se solicitaron 20 mil ejemplares y en países extranjeros 

querían publicarla en su idioma. Todos hablaban de la novela ilustrada 

por Vicente Rojo.  En tan sólo tres años vendió 600 mil ejemplares, y 

en ocho, aumentó a dos millones, el resto es historia.

¿Pero de donde surgió la veta para crear semejante obra 

literaria? Quizá de esas imágenes y pasajes arquetípicos que el 

escritor vio y vivió durante su niñez y adolescencia en su natal 

Colombia.

A una de sus tías, Francisca, le gustaba tejer. Todos los días el 

niño Gabriel le preguntaba por aquella colcha a la que había dedicado 

varios meses de trabajo. La mujer le contestaba que era una alfombra 

mágica para emprender un viaje. El día que el niño Gabriel vio la tela 

terminada fue en el funeral de Francisca. Era la sábana mortuoria con 

la que ella había pedido ser envuelta poco antes de suicidarse.

Por cuestiones de trabajo, sus padres se trasladaron a Riohacha 

y Gabriel quedó bajo el cuidado de su abuelo, el excoronel Nicolás 

Márquez, quien inspiraría a algunos de los personajes de sus libros.

Todos los días Gabriel bombardeaba a su abuelo con preguntas 

sobre la existencia, sobre la vida y la muerte, acerca de las personas 

que parecían sufrir tanto aún teniéndolo todo. ¿A quién se le ocurrió 

inventar las lágrimas, abuelo? ¿La Luna es el ojo nocturno de Dios? 

¿Porqué si el oro causa tanta desgracia entre los hombres, no se le 

entierra para siempre en alguna fosa del desierto?

El excoronel respondía siempre con amenas fábulas y sencillas 

historias con moraleja que, sin saberlo, conformarían la principal 

influencia literaria de la obra futura de su nieto. Los casi 10 años que 

Gabriel creció en compañía del viejo serían, según confesó, 

responsables de saber el ABC de la naturaleza humana, con todas sus 

alegrías, sus odios, sus pasiones y su curiosidad por surcar mares y 

explorar territorios inhóspitos.

El joven Gabriel extrañó la ausencia de su abuelo en la 

adolescencia cuando fue enviado a dos internados para cursar la 

educación básica y el bachillerato, echando de menos la cálida brisa 

de Aracataca.

El joven Gabriel se refugió en los libros de aventuras, como Viaje 

al centro de la Tierra, Veinte mil leguas de viaje submarino, De la 

Tierra a la Luna, Moby Dick, pero sobre todo en los universos de 

Emilio Salgari, a quien reconoció muchas veces como su primer amigo 

cálido e incondicional en esa etapa que pasó del bachillerato a la 

universidad.

En las tabernas cercanas a la facultad conocería a jóvenes 

poetas, artistas, bohemios e idealistas, como Álvaro Mutis, Plinio 

Apuleyo y Camilo Torres, quienes lo animarían a darle cauce a esos 

cuentos a los que todas las noches dedicaba un par de horas.

Irónicamente sus primeros escritos serían confiscados y 

quemados por la policía tras inspeccionar la pensión de estudiante 

donde vivía a causa de los convulsos años políticos y de guerrillas que 

se vivían en Colombia. Sin embargo se salvaron los borradores de 

algunos relatos y el esbozo de una novela a la que en principio tituló 

La casa y que años más tarde sería conocida como La hojarasca.

Gabriel García Márquez decidió abandonar la carrera de 

Derecho y dedicarse de lleno a la escritura. Entró a trabajar como 

reportero a los diarios El Universal y El Heraldo de Barranquilla. A la 

par de su paso por las redacciones, Gabriel devoraba libros 

comprados y prestados de Albert Camus, James Joyce, Ernest 

Hemingway, Franz Kafka y William Faulkner, que igual que torres

babilónicas se acumulaban en su pequeño cuarto de una pensión 

atestada de ratones, cucarachas y chinches.

 

Es comisionado a cubrir en Italia los pormenores de la sucesión 

del enfermo papa Pio XII. Aprovecha su estadía en Roma para 

inscribirse en la Escuela de Cine Experimental y decide quedarse en 

Europa por una temporada y recorrer a mochilazo Alemania, Hungría, 

Polonia y Rusia, pero a diferencia de muchos viajeros 

latinoamericanos que miraban a Europa como un territorio mítico, la 

visión de Gabriel respecto a aquellas hermosas ciudades con todo y 

sus desarrolladas culturas y estructuras sociales, era más bien crítica.

 

Después de su paso por Europa y de que el diario donde 

laboraba, El espectador, fuera forzado a cerrar sus puertas, García 

Márquez viaja a la Ciudad de México a finales de la década de los 

cincuenta, hecho que fue descrito por él mismo como “el encontronazo 

entre la guayaba y el chile para dar paso a un nuevo sabor”.

 

Nuestro país fue fundamental en la vida del Gabo “Sin los 

recuerdos que me inspiró México nunca podría haber escrito Cien 

años de soledad, confesó en varias ocasiones a sus amigos más 

cercanos. 

 

El poeta y escritor Álvaro Mutis se convirtió en su guía en tierras 

mexicanas cuando él y Mercedes llegaron con el pequeño Rodrigo de 

tres años y los alojó en el edificio Bonampak de la calle de Mérida, en 

la colonia Roma y después en Renán 21, en la colonia Anzures, el 

cual estaba amueblado solamente con un colchón doble en el suelo, 

una mesa, un par de sillas y un moisés para el pequeño Rodrigo. Al 

cabo de tres años nacería en México su hijo Gonzalo.

 

Encontrar trabajo fue tarea difícil, aun cuando Mutis y otros 

amigos, como Juan García Ponce, lo promocionaban a diestra y 

siniestra como uno de los más sólidos autores de América Latina. 

 

Mercedes tenía la costumbre de no interrumpir al Gabo cuando 

escribía, pese a la cada vez más precaria situación económica. Al 

casero se le llegaron a deber hasta seis meses de renta y una

cantidad similar al carnicero. Ella recurrió al empeño de joyas, del 

televisor y otros aparatos, e incluso solicitó un préstamo por el Opel 

blanco, auto adquirido con los últimos ahorros del premio otorgado por 

La mala hora.

 

Su primer contacto con la literatura mexicana fue gracias a dos 

libros que una tarde le trajo Álvaro Mutis, llamados Pedro Páramo y El 

llano en llamas. “Tienes que leerlos para que aprendas cómo se debe 

escribir”, le dijo su amigo, sin saber el impacto que ocasionaría en 

Gabriel, quien quedó pasmado con la riqueza de estilo de Juan Rulfo. 

 

Se dice que la primera lectura de ambos libros la hizo en sólo 

dos días y que en adelante los cargaba como una Biblia en el bolsillo 

del saco para recitar a cuanto amigo se encontrara frases y hasta 

párrafos enteros.

Pero a la par de ese primer acercamiento con los autores nacionales, 

las deudas se acumulaban día con día, el casero tocaba a la puerta de 

forma cada vez más grosera y Gabriel aceptó realizar colaboraciones 

para la Revista Universidad de México y gracias a su amigo Max Aub, 

entonces director de Radio Universidad, tuvo una serie de 

intervenciones habladas para la estación.

 

Cuando en 1962 nació Gonzalo, su segundo hijo, el colombiano 

recibió las esperadas regalías atrasadas de sus novelas El coronel no 

tiene quien le escriba, Los funerales de mamá Grande y La mala hora, 

y con ese dinero se mudó del departamento de la colonia Anzures a 

una casa más confortable ubicada en Iztaccíhuatl 88, en la colonia 

Florida.

 

Un día, Álvaro Mutis pasó por él a bordo de un viejo Ford rojo y 

le dijo que lo iba a llevar de viaje a un paraíso mexicano llamado 

Veracruz, que se asemejaba mucho a su tierra natal. El escritor se 

enamoró a primera vista de aquel lugar y decidió al poco tiempo 

instalarse con su familia en esa cálida región. Mirando los soleados 

paisajes de tierras jarochas, tuvo la visión de su tierra natal y, más 

aún, de una historia épica, arquetípica y fantástica desarrollada en el 

contexto latinoamericano, como testimonio de su complejidad, riqueza

y diversidad de culturas. Gabriel comenzó a escribir Cien años de 

soledad.

 

Tecleó furiosamente en su máquina de escribir por más de 14 

meses. Se apartó por completo de las reuniones sociales y de 

intelectuales. Se cuenta que durante el proceso de creación de Cien 

años de soledad sufrió de fuertes dolores de cabeza que no lo dejaban 

en paz hasta que la concluyó. Tiempo después confesaría: “Me sentía 

poseído, como si mi cuerpo entero y mi alma estuvieran colonizados 

por la novela”.

 

Sus hijos, Rodrigo y Gonzalo, se acercaban al estudio de su 

padre sólo a la hora del almuerzo o cuando Gabriel interrumpía el libro 

para llevarlos al parque para despejar la cabeza. Pero ni así podía 

apartarse de la trama de la legendaria familia que habitaba en 

Macondo. Llegó al punto de sufrir en carne propia la muerte del 

personaje de Aureliano Buendía.

 

Esa tarde subió al cuarto del dormitorio donde Mercedes dormía y le 

comunicó la muerte del coronel. Se acostó a su lado y estuvo llorando 

dos horas. Cuando a mediados de 1966 finalizó Cien años de soledad, 

se confesó desconcertado, desnudo, se preguntaba en voz alta que 

iba a hacer en adelante.

 

Los capítulos originales los leyeron, entre otros, el crítico literario 

Emmanuel Carballo, quien de inmediato aseguró encontrarse con una 

obra maestra. El resto es historia. Aquel libro consagró a García 

Márquez en el espíritu de América Latina y del mundo, siendo 

redescubierto cada generación por nuevos lectores. 

 

El escritor Carlos Fuentes llegaría a decir: Cien años de soledad 

es más que una novela, es un libro de familia para la tradición literaria 

latinoamericana, un navío eterno por el que Gabriel García Márquez 

permanecerá siempre vivo entre nosotros.

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