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El libro Raúl Anguiano, orígenes y apogeo, documenta el proceso de formación y desarrollo del pintor y grabador

September 12, 2016

Coedición del Taller de Comunicación Gráfica y la Secretaría de Cultura

 

 

El volumen, realizado en forma de homenaje,  reúne desde

sus primeros dibujos hasta los más desarrollados y complejos de

su primera etapa, como El discurso de la dirigente agrarista,

Ladrón que despista al gritar al ladrón

 

 

En 1969, el poeta Carlos Pellicer escribió: “El maestro Anguiano que

ejerce la brujería –todo artista verdadero anda en ello- le ciñó una

cuerda a la Venus primitiva”. El hechizo  que hizo sucumbir en forma lo

inasible,  viene a encantar la mirada página a página del libro Raúl

Anguiano, orígenes y apogeo, una coedición del Taller de

Comunicación Gráfica y la Secretaría de Cultura.

 

El volumen que nace como homenaje de Los Contemporáneos

A.C. y en el que por vez primera, como lo afirma Brigita Liepens

(pareja del pintor por más de 40 años), se da a conocer una

importante colección de su obra en dibujo, el acervo que aquí aparece

es casi desconocido e inédito.

 

En El punto y la línea señaló Kandinsky que “Los elementos

básicos o primarios son de naturaleza compleja”,  en esa sintonía,

para Raúl Anguiano el dibujo “es la expresión más importante, el

ejercicio básico de las artes plásticas”. Probablemente el dibujo es el

captador del gesto, elemento volátil pero que señala la dirección hacia

el centro, hacia la esencia.

 

No será entonces espontáneo que los primeros dibujos que

aparecen, sean manos. El primer Goliat de todo artista plástico es esa

parte del cuerpo humano, el dibujo que antecede la presentación de

este libro, una mano, da la bienvenida. En el eterno movimiento

sugerido avanza hacia el lector dispuesta a conducirlo por sus

páginas, se ofrece serenamente amistosa, es tan sencillo tomarla.

 

Los dibujos que recoge este homenaje recorren algo de sus

trabajos de adolescencia y juventud, pero sobre todo los realizados en

los años cuarenta, que  le eran especialmente queridos del artista, y

que para algunos críticos corresponden al periodo más logrado en su

hacer artístico. Lápiz, carbón, acuarela son la extensión de los ojos en

esta colección.

 

Toda índole de escenas callejeras, personajes cotidianos de la

gran ciudad, plasmó desde su llegada a la capital, pero desde su

infancia recreó lo popular revelado en costumbres y celebraciones, se

anota en la introducción de este libro, que incluye notas  de Emmanuel

Palacios, Justino Fernández, Margarita Nelken, Jean Cassou, un

poema de Pita  Amor, Enrique F. Gual y el poeta Carlos Pellicer, entre

otros, acerca de la obra del artista.

 

Rasgos, imágenes y paisajes, temas y formas, todo lo recorrió

Anguiano con la compulsión del descubrimiento de  lo extraordinario,

pero aquí hay un distenderse en el cuerpo femenino. Un recorrido que

es juego de espejos cuyo único reflejo sería lo femenino en una

representación infinita.

 

El dibujo titulado, El discurso de la dirigente agrarista, de 1942,

retrata la reciedad de la mujer en batalla, sostiene en su mano

izquierda un papel, su mirada está fija en él y  su boca de gruesos

labios insinúan el instante en que dice lo que lee, las cejas

puntiagudas revelan su carácter decidido, está de pie, parecería estar

sola si no fuera porque detrás de una de sus piernas aparece un

zapato de mujer y un poco de la pierna que no llega a la pantorrilla.

Está acompañada, sin embargo el sombrero de paja bien ceñido a la

cabeza, la firmeza de su cuerpo, el dominio de sí misma, dicen que en

ella se contiene toda la fuerza necesaria para el combate.

 

Tal vez la mujer se revela cuando se abandona a sí misma,

apartada de las miradas con su exigencia voraz,  lejos de la ropa que

la ciñe o la suelta: cuando se desnuda sólo para ella. Eso parecen

decir las mujeres desnudas, exuberantes,  entradas en carnes o

delgadas. Sentadas, de rodillas, apoyadas sobre una mano, o la mano

descansando en la cintura. Ensimismadas, sonrientes, mirando de

frente o desviando la mirada; la serie  corre sin títulos  desde el dibujo

62 hasta el 77, unida por la ondulación del movimiento que parte del

interior hacia revelarse en lo externo. La tinta da continuidad al brazo

que llega al pecho, a la espalda que se encuentra con la mano, cada

dibujo navega en entre curvas, planicies y rectas, entre mansedumbre,

hostilidad, dulzura y desafío. El sosiego de la mujer que se contempla

a sí misma.

 

El propio Raúl Anguiano manifestó que era realista, pero que el

suyo es un realismo que abarca desde la interpretación directa y

fresca de la realidad objetiva, hasta el expresionismo abstracto.  El

paisaje social de México fue visto a través de lo caricaturesco y lo

trágico, que pueden verse en el dibujo Ladrón que despista al gritar al

ladrón, de 1938. Hombre león que viste una camiseta y gorra a rayas

como la vestimenta “oficial” del ratero de aquellos años, combinado

con un saco de frac.

 

Su rostro es el de un león enseñando los colmillos, de la gorra

sobresale la larga melena del animal y de los pantalones escapan las

patas con filosas garras. A cuestas lleva un saco en el que se lee: La

india, Australia, Indonesia, Grecia. Ha robado y lleva en su costal a un

hombre del que alcanzamos a ver las escuálidas piernas, entre ellas

una torre petrolera. En la esquina superior izquierda se lee Al ladrón!!

Al Ladrón!! Esta transfiguración da la voz de alerta para desviar la

atención hacia otro, mientras que es él mismo el saqueador.

 

Goyesco resulta el dibujo titulado El enano y la bruja, también de

1938. En el que todo es deformidad y contradicción que impide llegar a

lo cómico al detenerse en lo monstruoso y grotesco. Una curvilínea

mujer fuma un cigarro del que escapan gruesas volutas de humo. Del

rebozo que cubre la parte superior de su cuerpo, escapa un pecho

redondo y puntiagudo al mismo tiempo, el pie derecho está calzado,

pero el izquierdo está descalzo. La transparencia de su falda permite

ver las formas juveniles de un cuerpo que tiene el rostro envejecido y

deforme que semeja una máscara horripilante. A la altura de la cintura

está el enano, el cuerpo diminuto, que va desnudo parece el de un

niño, el gran sombrero de paja cubre su cabeza, y de su rostro

únicamente alcanzamos a ver la larga barba. El juego inquietante de la

deformidad reunida con lo sobrenatural, refleja la mezcla de creencias

y temores característicos de nuestro país.

 

El retrato masculino y femenino, el circo, los paisajes, son

también temas que aparecen en este libro de colección.

 

José Raúl Anguiano Valadez (Guadalajara, Jalisco, 26 de

febrero, 1915 - Ciudad de México, 13 de enero, 2006) fue pintor,

muralista y grabador. En 1938 fundó el Taller de Gráfica Popular, al

lado de Leopoldo Méndez, Alfredo Zalce, Pablo O´Higgins y Fernando

Castro Pacheco. Fundó el Salón de la Plástica Mexicana, donde

ejerció la docencia, así como en la Escuela de Pintura y Escultura La

Esmeralda y en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Perteneció a la tercera generación de muralistas. Integrante de la Liga

de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), su obra forma parte

de reconocidas colecciones nacionales y extranjeras en las ciudades

de México, Nueva York, Bruselas, Polonia, China, Suecia, Francia,

entre otras. Desde 1993 fue miembro del Sistema Nacional de

Creadores, entre otros muchos premios; el año 2000 recibió el Premio

Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes.

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