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Cierra sus ojos el oaxaqueño del mundo: el artista Francisco Toledo

September 6, 2019

 

       Los ojos oaxaqueños que recrearon todo un universo en pintura,
escultura, grabado y mucho más, se cerraron hoy en la ciudad de
Oaxaca, a los 79 años de edad.

El artista juchiteco, uno de los máximos exponentes de la plástica
mexicana, deja un gran legado artístico para México y el mundo.
Escultor, pintor, grabador, promotor de la cultura mexicana en el
extranjero, Francisco Toledo fue un artista completo que creó su propio
lenguaje visual, aquél que caminaba surcando, sembrando, borrando las
fronteras entre artes visuales, literatura, diseño, artesanía y activismo.
“Tal vez dibujé a los 10 años. Recuerdo las tareas de la escuela.
Recuerdo que alguna vez pinté sobre las paredes de mi casa. Dibujaba
allí y mi papá, cuando llegó el tiempo de pintar nuestra casa, respetó mis
cosas. Cuidaba mis cosas porque no puso pintura sobre la pared donde
yo había dibujado... Cuando llegué a Oaxaca, a mi familia le dijeron que
‘este muchacho dibuja’. Por cierto, hubo una exposición de arte mexicano
y fue la primera vez que vi pintura, antes no había visto un cuadro”, dijo el
pintor en una entrevista con el también juchiteco Macario Matus.

 


Reconocido por su talento, con toque irreverente, transgresor de
sus obras, un luchador social, un filántropo, defensor de sus ideales, de
su tierra, de sus lenguas, de la ecología, del patrimonio artístico
oaxaqueño, de los desprotegidos, nació el 17 de julio de 1940 con el
nombre de Francisco Benjamín López Toledo, fue el cuarto de siete hijos
de Francisco López Orozco y Florencia Toledo Nolasco.

Estudió arte gráfica en el taller de grabado de Arturo García Bustos
en su trayectoria llegó al Taller Libre de Grabado de la Escuela de Diseño
y Artesanías, del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL),
en la ciudad de México. En 1960, con 20 años de edad, el artista viajó a
París para ingresar al taller de S.W Hayter. Allá conoció a Rufino Tamayo
y Octavio Paz.
“Quería estar ligado a mi comunidad, ahí había mitos orales,
tradiciones, cuentos; pensaba que podía ser el ilustrador de esos mitos.
Con el tiempo me fui cargando de más información, visité ciudades y
museos; Picasso, Klee, Miró, Dubuffet, viví en Europa, viajé a España,
conocí a Tàpies, a Saura… Mi arte es una mezcla de lo que he visto y de
otras cosas que no sé de dónde vienen. Me han influido el arte primitivo,
pero también los locos, los enfermos mentales y, sobre todo, Rufino
Tamayo”, refirió el pintor.
Apasionado y dedicado, su obra está llena de androginia, de
zoología, afirmó que el mundo del ser humano es uno con la naturaleza,
así, murciélagos, insectos, iguanas, sapos, fueron bellos a través de sus
ojos; artículos de uso común fueron convertidos en diseños que se
embellecían para ser usados, también fueron lienzo de denuncia y
protesta en contra de las injusticias, como ejemplo se encuentra una serie
de 43 papalotes con las caras de los estudiantes desaparecidos de la
normal de Ayotzinapa.
A cada paso, Toledo germinaba, esas semillas se llaman: Casa de
Cultura de Juchitán, Taller Arte Papel Oaxaca, Centro de Artes de San
Agustín, Biblioteca para Invidentes Jorge Luis Borges, Centro Fotográfico
Manuel Álvarez Bravo, el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca
(MACO), Cine Club El Pochote, el Jardín Etnobotánico, la Fonoteca
Eduardo Mata, la Biblioteca Francisco de Burgoa, editorial Ediciones
Toledo; las revistas Guchachi Reza (Iguana Rajada) y Alcaraván y el
Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), uno de los recintos que
resguarda su lenguaje eterno.

El zapoteco, su lengua natal, se oyó en los coros que lo inventaron
todo para alabar al gran artista universal Francisco Toledo.

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