
Mi otra Mirada- Jorge Núñez
Después de años documentando inconformidades sociales con la cámara como testigo, aprendí que la crudeza, mostrada de frente, tiene un límite: informa, pero no siempre transforma. Hoy, en un mundo donde el teléfono inteligente iguala una tragedia con un anuncio en el mismo segundo de scroll, la imagen cruda ha perdido su poder de generar conciencia — se consume por morbo y se olvida al instante.
Mi trabajo actual parte de una convicción distinta: no fotografío lo que se destruye, fotografío lo que queda después de la destrucción. Una zapatilla de ballet sin bailarina. Una muñeca sin la niña que la abrazó. Un cuerpo tratado como superficie de pigmento, entre la fotografía y la pintura. Una cáscara que fue forma y ahora es solo huella. Cada objeto, cada cuerpo, cada hallazgo es residuo — y en ese residuo insisto en buscar lo que sobrevivió, no lo que se perdió.
No busco un estilo visual único; busco una obsesión sostenida. La técnica cambia de serie en serie — collage, documental, bodegón — porque el mensaje dicta la forma, no al revés. Lo que no cambia es la pregunta detrás de cada imagen: ¿qué sobrevivió aquí, y qué nos dice sobre lo que decidimos abandonar?
Con esa misma convicción, hoy vuelvo la mirada hacia lo que producimos y desechamos sin pensar: la basura, en todas sus formas. No para golpear con ella, sino para seducir primero e incomodar después — para que el espectador baje la guardia creyendo ver algo bello, y solo después entienda que está viendo lo que la sociedad tira. Es la misma misión que tuve como fotoperiodista, con una herramienta distinta: ya no informar del daño, sino hacer que la mirada se detenga el tiempo suficiente para que la conciencia, esta vez, sí se quede.
JUEGOS ROBADOS
Hay algo casi religioso en el lugar donde estas muñecas fueron encontradas. Recostadas sobre telas viejas, junto a cruces talladas y estampas descoloridas, parecen menos abandonadas que veladas, como si alguien —sin saberlo del todo— hubiera querido rendirles un pequeño homenaje antes de dejarlas ir. Quince rostros distintos, quince historias que no conoceremos, comparten ese mismo gesto: el de haber sido amadas alguna vez, y el de esperar, todavía, con los ojos abiertos hacia la penumbra, a que alguien vuelva a mirarlas.

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